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No corregir a los hijos, es no quererlos. Disciplinar, también es amar.

No corregir a nuestros hijos cuando cometen faltas, es como no quererlos, porque disciplinar, es otra forma de amar.

Los padres siempre nos enfrentamos al interrogante sobre cómo educar. ¿Estaremos haciendo lo correcto?

No sabemos si estamos siendo demasiado severos, o demasiado permisivos y a menudo, buscamos consejos.

Muchas veces caemos en el error de creer que demostrar autoridad, implica ser autoritarios.

Nada de eso. Demostrar que somos la autoridad en una familia, redunda en un beneficio para los niños, porque esa actitud les brinda seguridad y confianza.

Tengamos presente que si hay algo que necesitan nuestros hijos es amor y disciplina.

Claro que alguna vez cometeremos algún que otro error, porque no hay escuelas para padres y nadie nace sabiendo.

Pero sí existe algo que no falla: si amamos, seguramente educaremos de manera justa y equitativa. El amor es una excelente guía.

Disciplinar con amor.
También están quienes se convencieron que amar es dar libertad… y sí, es cierto; pero eso aplica a una relación de pareja.

Los hijos no son nuestros amigos y la libertad está condicionada a su seguridad y conveniencia.

Un niño necesita sentirse amado. No alcanza con que lo demostremos y hasta incluso, lo digamos.

Imponer disciplina, es también una forma de demostrarles que nos preocupamos por ellos y que los cuidamos. Es decir, que los queremos.

Incluso lo dicen los terapeutas. La disciplina prepara a nuestros hijos para poder interactuar con otros en el futuro.

Ayuda a que se desarrollen de forma sana y que puedan evolucionar en sociedad.

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